After the Absolute - a book by Dave Gold
After The Absolute About the AuthorAfter the Absolute by Dave GoldWhat's new?Contact Dave GoldResources and related links

AFTER THE ABSOLUTE

After the AbsoluteUNO: EL ENCUENTRO

A finales de1973 me topé con un hombre extraño y enigmático, originario de Virginia Occidental. Se llamaba Richard Rose; desde entonces, todo ha cambiado para mí. En esos días cursaba el primer año de Leyes, vivía con mi madre para economizar en mis gastos y para hacerle compañía: dos años antes, mi padre había muerto repentinamente.

Leigh, uno de mis amigos, había frecuentado asiduamente un grupo llamado Sociedad Zen ”Pirámide” y cierta noche me convenció de acompañarlo para conocer a Rose, un maestro Zen, según él. A pesar de que ya antes lo había intentado (y yo me había rehusado), perseveró en sus intentos. Cada vez que sacaba el tema, esas descripciones y anécdotas se volvían más superlativas, de modo que Rose adquiría una calidad mágica, casi mística.

- Leigh, -le dije-, eso no me interesa.

Era cierto. No tenía interés en filosofía o religión. Bueno, en nada remotamente introspectivo. Creía saber quién era yo y adónde quería ir: después de la facultad de Leyes contraería matrimonio, tendría hijos, ganaría dinero, tendría uno o dos romances discretos con secretarias o las esposas de mis amigos, me retiraría cómodamente y jugaría con los nietos. La vida. ¿Qué había que pensar? Se hace lo que se puede y ya.

- Dave, -replicó-, puedes morir en cualquier momento. Nada más matamos el tiempo hasta que el tiempo nos mata. ¿Me entiendes?

-Sí; creo que sí.

La respuesta sincera hubiera sido que no. Todavía hoy, tras años de trabajo interior, se me escapa el hecho incontrovertible de mi propia muerte. Pero algo me hizo acceder a acompañarlo aquella noche y, media hora después de colgar, apareció en su coche ante la casa. Cayó una ligera nevada durante nuestro viaje a la Universidad de Pittsburgh, donde se celebraría la reunión; casi todo el trayecto transcurrió mientras pensaba que preferiría estar viendo el juego de hockey. El recinto estaba lleno cuando llegamos, pero pudimos encontrar, a ambos lados de un hombre ya mayor, que vestía una casi roja de franela, las que parecían ser las dos últimas sillas vacías en aquel bullicioso lugar. Al sentarnos, mi atención fue atrapada por dos bonitas chicas que estaban cerca; se me ocurrió que al menos vería algo que valiera la pena. Estaban entretenidas en una conversación que parecía referirse a los hombres que había en su vida.

Oí que una de ellas decía:

-Bueno, lo que Alex ignore no le va a hacer daño. Yo que tú, seguiría la corriente.

Ambas se rieron. A mi lado, el viejo también escuchaba.

-Sigan la corriente, si quieren; pero todas las que he visto acaban en el drenaje, -dijo en voz alta. Se rió junto con los otros pocos que alcanzaron a escucharlo. Pero las dos mujeres, no.

A principios de los años 70, la palabra Zen, escrita en posters que se clavaran en los campus universitarios, atraía grupos eclécticos y pintorescos, como el que había en ese recinto. No me sentía a gusto y quería que ya diese inicio la reunión porque pensaba que, de esa manera, podría alcanzar a ver el último período del partido de hockey. Me volví parra preguntarle a Leigh cuando iba a llegar Rose, pero mi amigo estaba hablando con alguien. Parecía que todo el mundo hablaba al mismo tiempo y, como me aburría, me puse a escuchar algunas de aquellas conversaciones. Dos jóvenes de pelo largo ensalzaban las virtudes que tienen las drogas para expandir la mente; parecía que habían seguido su propio consejo antes de venir.

-¿Expandir la mente?, -preguntó aquel viejo que estaba a mi lado-. ¿Cómo si sus cabezas se hincharan cada vez más hasta que Dios Padre tuviera que hacerles lugar?

Su rostro fue la seriedad misma hasta que Leigh, junto con otros, se rió y él se unió a ellos, franca y alegremente. El sonido de su risa hizo que, poco a poco, reinara el silencio en el grupo, hasta que sólo se escucharon unas pocas conversaciones. Una de ellas la sostenía tres hombres de edad madura que parecían -y actuaban- como profesores. Discutían sobre la existencia de los seres humanos y, de vez en cuando, miraban a su alrededor, como si buscaran medir el efecto que sus palabras tenían en quienes pudieran estar escuchando.

Aquel viejo que estaba a mi lado dirigió su atención hacia ellos durante algunos momentos antes de interrumpirlos.

-Voy a decirle por qué existe-. Su voz dominó las otras conversaciones y se hizo el silencio en aquel lugar-. Está aquí para fertilizar a alguna hembra, matarse trabajando, caerse muerto y, entonces, fertilizar a la tierra.

Algunas personas rieron. El viejo no se unió a ellas esta vez.

El más alto del grupo, que era también el más solemne, miró condescendientemente a aquel merolico de la camisa de franela que les había interrumpido.
-¿Quiere usted decir, por lo tanto, que tan sólo somos animales sofisticados?

El viejo sonrió.

-No, nada sofisticados.

A nuestro alrededor estallaron risas estentóreas.

-Con esa actitud jamás construiremos un mundo mejor,-dijo el profesor, meneando la cabeza con dramática tristeza.

-No cuente conmigo - contestó aquel viejo. Su voz expresaba su disgusto-. ¿Habrá unos cuatro mil millones de hormigas en este hormiguero? ¿Y creen ustedes que van a unir sus ingenios para algo que no sea aparearse?

Los que se habían reído antes volvieron a hacerlo; la risa de Leigh era inconfundible y en ese momento caí en la cuenta de que aquel viejo era Richard Rose. Hasta entonces, no pensaba gran cosa de él, pero tenía una manera novedosa de comenzar la reunión, si es que a eso podía llamársele así. Giré en mi asiento para verlo mejor. Durante nuestro trayecto, Leigh me había contado que 30 años antes Rose tuvo una especie de iluminación y que parecía contar con poderes fuera de lo común. Tenía que admitir que, si bien su presencia era dominante, parecía más un cargador que un místico. Esto es, bajo, ancho de hombros y musculoso. Rondaba los sesenta años de edad y estaba casi calvo. El poco cabello que le quedaba era blanco y muy corto. Parecía no tener mucho dinero, pues, aunque limpia, su ropa estaba muy usada. Leigh me contó había escrito varios libros, pero sus manos, gruesas y con venas protuberantes, parecían más apropiadas para manejar un hacha que una máquina de escribir. Mientras lo estudiaba me echó un vistazo y quedé impresionado por sus penetrantes ojos azules. Sus párpados eran gruesos, ocultaban la mayor parte de sus ojos y casi le daban una apariencia oriental. Su ralo candado blanco acentuaba esta impresión.

El profesor parecía haberse irritado.

-Nada más hablo de un mero deseo de mejorar el mundo. Básicamente, de…

-¡Nadie que haya visto la verdad quiere cambiar otra cosa que no sean sus erróneos puntos de vista! -Rose hablaba vehementemente-. Olvídense de cambiar el mundo; hay algo más importante que debemos hacer: ¡salvar nuestras almas!

-¡Así es! –dijo una mujer que estaba al fondo. Andaba por los cuarenta; su largo pelo tenía algunas canas; llevaba anillos y cadenas y un vestido suelto que ocultaba su gruesa figura. Estudiada y lentamente continuó:-Dios nos colocó en la Tierra por alguna razón. Todos los seres humanos tienen la oportunidad de aprender lo necesario para ser completos y unirse con Dios.

Rose la miró.

-Yo no dije eso. Si usted lo cree, se engaña. Es absurdo pensar que la vida es una educación para glorificar a Dios. ¿Por qué razón un ser omnipotente crearía un montón de ignorantes?  ¿Para luego torturarlos y, de ese modo, hacerlos mejores?

Rose hablaba con la soltura y el vocabulario de una persona educada, pero su entonación y su gramática dejaban qué desear. Además, pronunciaba peculiarmente ciertas palabras, como glorí-ficar. Aquella mujer se sonrojó.

-Sus ideas sobre Dios son bastante heréticas…

-¿Qué le hace pensar que abrigo alguna idea sobre Dios? Usted empleó ese término, no yo.

Dejó de mirarla y se dirigió a todos.

-La gente emplea la palabra Dios desvergonzadamente; sueltan el nombre y ya. Nos pasamos de la raya cuando invocamos a una inteligencia cósmica y damos a entender que nos tuteamos con ella. Todo el mundo usa la palabra Dios como si supieran qué significa, pero no tienen ni idea porque el uso excesivo que se ha hecho de ella le ha quitado todo el poder que alguna vez tuvo. Todos se sienten bien con la palabra  “Dios” y no sienten –no perciben- la necesidad de salir en serio a buscarlo. La necesidad de convertirse en Dios.

El profesor retomó la palabra.

-Bueno, ya que usted parece ser una autoridad en el tema, tal vez podría dirimir una añeja pregunta filosófica: ¿Dios existe?

-Él sí, usted no,- respondió tranquilamente Rose.

Me incomodó el largo silencio que reinó y creo que a casi todo el mundo también. Rose seguía sentado, despreocupadamente. Por fin, el silencio fue roto por una veinteañera que llevaba lo que parecía ser un uniforme de mesera. Su rostro tenía una extraña mezcla de fortaleza y vulnerabilidad que se atrajo poderosamente.

-¿No le interesa ayudar a Dios a hacer que este mundo sea mejor? -preguntó.

-Y, ¿por qué crees que Dios necesita que lo ayuden?

Rose le sonreía cálidamente y la miraba como si esperara una respuesta. La chica guardaba silencio, pero parecía que no podía quitarle la mirada de encima. Reinaba el silencio; Rose la miraba fijamente mientras el silencio se hacía más profundo. Finalmente, dijo:
-No tomes en serio a la vida, que ella no te toma en serio a ti. El Cosmos se ríe de ti.

Dejó de mirarla y, en ese momento, ella meneó la cabeza, casi imperceptiblemente, como si sus pensamientos hubiesen vuelto. Rose tomó un trago de una lata de refresco que sacó de debajo de su silla. Un joven, de aspecto estudioso, con lentes de aro metálico, levantó cortésmente la mano. Rose asintió en su dirección.

-Señor Rose, es obvio que usted tiene algo que ofrecer al mundo, pero habla muy despectivamente de la gente.

-El mundo no existe, -dijo Rose-. La gente tampoco.

-¿No le interesa la gente? ,-preguntó alguien más.

-Sí; alguna: la que puede ser ayudada.

Guardó silencio unos instantes, como si estuviera eligiendo sus palabras.

-No quiero salvar a todos. Eso es imposible y no soy tan tonto para no saberlo; le hablo a los individuos. Me consideraré afortunado si, en toda mi vida, puedo hacer que algunos logren remontar la confusión en la que se encuentran.

Una voz preguntó:

-Pero, ¿no somos todos hijos de Dios? ¿Qué hay de la hermandad de los hombres?

-No somos iguales aunque pertenezcamos al clan. ¿Acaso un bebé es igual a un moribundo? ¿O un genio a un imbécil? ¡No! Y hay que tomar en cuenta que la gente está en distintos peldaños de la escalera espiritual. La mayor parte de la Humanidad está en los inferiores y no puede hacerse mucho por ellos. Están muy metidos en el comportamiento animal; tanto, que no pueden buscar algo más de la vida. Todo lo que les importa –que quieren que les importe- es el sexo, la bebida, las peleas, el poder. Y cosas por el estilo.

Rose continuó.

-Lo que creo es por ahí andan algunos que buscan algo más. Algo real, que no vaya a perderse; algo de lo que no vayan a decepcionarse; algo de lo que no vayan a arrepentirse dentro de veinte años. Es gente que no se conforma con vivir como animales ignorantes. A esos son a los que puedo ayudar. A los que quieren saber quién vive estas experiencias y qué es lo que podría seguir vivo -seguir experimentando- después de la muerte. Si tengo la suerte de encontrármelos –y ellos quieren mi ayuda-voy a ayudarlos de la mejor manera que pueda hacerlo. Pero antes de que alguien pueda ser ayudado tiene que convertirse en alguien ayudable. No es sensato sacar el agua de un bote que se hunde si antes haber taponado el agujero.

-Es decir, que se tiene que modificar la manera de vivir, -dijo Leigh.

-¡Así es! ¡Así es! –dijo Rose entusiastamente-. Uno se apega a la carne y después de un rato se ve que no se es mejor que un perro callejero. Por supuesto que para incurrir en los placeres nuestros egos nos ofrecen una serie de nobles pretensiones: racionalizaciones poéticas sobre el amor y sobre vivir la vida al máximo. Pero en algún momento se nos acaban las excusas y para cuando logramos zafarnos del ego ya es muy tarde para enfrentar lo que se nos viene encima. Por eso la gente muere entre gritos.

Esperaba que sonriera cuando menos mientras decía esto, pero no lo hizo.

Una mujer que estaba al fondo intervino.

-La gente brinda su mejor esfuerzo. Siguen su felicidad según la entienden.

Rose se miró las manos y luego alzó la mirada.

-Mire usted, -dijo seriamente-, si alguna vez quiere descubrir algo de importancia tiene que olvidarse de esos cuentos de hadas. La gente cree que puede darse rienda suelta a los caprichos del momento y que esta “espontaneidad” los va a transformar en maravillosas criaturas espirituales que Dios no podría dejar de amar. Son tonterías. La vida no es placer, sino una constante lucha guiada por una tensión implacable. Asómese a la ventana: allá afuera es una carnicería. Todos tratan de comerse a los demás para poder continuar vivos el tiempo necesario para reproducirse y proporcionar más comida y más fertilizante para este matadero.

-¡Nos condena por intentar ser felices!

-¡Yo no condeno a nadie! Lo que la gente haga con su vida es asunto suyo. Además, no se puede convencer a nadie para que sea virtuoso. (Trate de convencer a una cabra de que ya no coma.) La gente tiene que encontrar por sí misma qué tiene valor en sus vidas y qué no lo tiene. Por cuál cosa vale la pena vivir. Qué vale la pena hacer.

-Pero usted nos aconsejó no buscar la felicidad…

-No, no, no. No crea usted saber lo que hago, ¡que a veces ni yo lo sé! –dijo Rose riendo-. Y así es mejor. Pero sí sé que no tiene caso aconsejar directamente, porque nadie presta atención. Si lo hicieran, todos serían, cuando menos, tan listos como sus padres.

Tenía una media hora intentando meterme en actas. Se me había pasado la incomodidad inicial; buscaba en mi mente una pregunta que pudiera formular, no tanto porque estuviera interesado en el tema, sino para hacerle ver a Leigh, y a los demás, lo que traía adentro. Casi todo lo que decía Rose carecía de sentido para mí y me parecía que los demás eran incapaces de presentarle un reto lo suficientemente intelectual que pudiera atraparlo. Después de todo, yo era un estudiante judío de leyes y, con todo lo fuera de lo común que era, Rose se enredaba con las palabras, era rústico y venía de Virginia Occidental. En otras palabras, creía que podía pescarlo. El silencio que siguió a sus últimas palabras me brindó la oportunidad de intervenir.

-Todo esto es nuevo para mí, señor Rose, -dije- y tal vez pudiera usted iluminarme.

Como fiscal que enfrenta a un testigo hostil, me deslicé al borde del asiento antes de volverme hacia él.

-En un mundo donde sólo sobreviven los más fuertes, ¿qué razones harían que una persona renunciara a sus instintos naturales y a su ego? ¿Quién va a decidir cuáles conductas vamos a conservar y cuáles vamos a desechar? ¿Qué hay de malo en tener una personalidad polifacética, aunque sólo sirva para protegernos de quienes buscan arrebatárnosla y poner en su lugar sus propios intereses?

Tal vez no venía completamente al caso, pero sonaba bien; estaba orgullo de mí mismo. A pesar de que quería vera la reacción de Leigh, sentía que debía mirar a Rose durante la declaración.

Antes de responder, Rose me miró unos instantes.

-No hay nada de malo, -dijo con firmeza-, si es que no te importa ser un pobre robot toda la vida.

Giró y se dirigió a todos.

- Miren por ejemplo a este cuate, -dijo mientras me señalaba-. Ni duda cabe que se cree muy listo y se siente muy importante. Le gusta pensar que ha sido bendecido con un intelecto superior y que está destinado a hacer grandes cosas. Como se cree mejor que los demás no se involucra en nada. Se la vive soñando con mujeres e ideando maneras de ejercitar su ego, pero la verdad es que se siente miserable y está confuso. Ni sabe nada ni ha hecho nada de trascendencia; todo se le va en manipular y en sus juegos mezquinos consigo mismo y con los demás.

“Probablemente vaya a elegir una carrera que precise de engaños y manipulaciones y hasta quizá acabe por ser uno más de los abusivos que dirigen este manicomio, pero ni así desaparecerá su miseria. Vive en el mundo de competitividad y sospechas que él mismo ha construido, siempre defendiéndose de los demás mientras intenta proteger su exagerada importancia. Es ignorante y presumido, lo que no es nada bueno. Pero junto a todo esto, tiene una parte que piensa que hay algo que anda muy mal y se pregunta por qué siempre está en ascuas; por qué no puede disfrutar de placeres sencillos, como la verdadera amistad.

La sala estaba en silencio cuando terminó y yo no me movía ni hablaba. Sentado ahí, la cara me ardía de rabia y humillación; de un descontón terminó el hábil encuentro que yo había imaginado; sus palabras, en un discurso fluido, me habían aturdido y combatí la urgencia de huir, pues quería estar en otro lado, donde fuera. ¿Lo que yo había dicho era tan malo que merecía lo que me hizo? ¿Quién carajos se creía?

Pero más importante aún era saber cómo lo supo. Yo sabía que tenía razón, porque sólo la verdad podría doler de esa manera. ¿Cómo lo supo? ¿Cómo era capaz de conocer y comprender de manera tan compleja y detallada a un extraño?

Alguien rompió el silencio con una pregunta ajena a mi intercambio con Rose y la reunión volvió a su cauce. Durante un rato no escuché casi nada pues me hallaba sumido en mis pensamientos, aliviado de no continuar siendo el foco de la atención. Era capaz de recordar todas y cada una de sus palabras, toda inflexión de su voz estaba grabada con fuego en mi interior. Lo odiaba por humillarme, pero también había otros sentimientos –muy extraños- que empezaban a tomar forma. Ignoro cuánto tiempo estuve inmerso en mí mismo, pero gradualmente volví a sintonizarme con el grupo y con la voz de Rose.

-Si alguna vez uno de usted toma seriamente ese trabajo, -decía-, una de las primeras cosas que van a descubrir es que no existen, no en el sentido en que creen existir. Ahorita se miran en el espejo y se quedan extasiados ante lo que ven: “¡Lo que hizo Dios para adornar la Tierra y dar envidia a todos los demás!”. Pero después de un rato se percatan que no son más que un montón de protoplasma que cuando muera va a ir a dar a una fosa para que no inunde este lugar con su pestilencia. O, ¿pueden probar lo contrario? Todo lo demás no pasa de ser buenos deseos y creencias infundadas.

Se escuchó una voz joven:

-Esto me suena bastante negativo.

Y muchas cabezas asintieron, pero Rose sonrió.

-¡Una reacción negativa ante una situación negativa puede resultar bastante positiva!

Y entonces las preguntaron comenzaron a volar.

-¿Voy a ser feliz con su sistema?

-Eso no lo sé, pero si eres como yo, vas a quedar bastante inmunizado.

-Pero, ¿es feliz usted? –preguntó retadoramente alguien.

-Estoy liberado de la felicidad.

-¿Podría decirse, entonces, que está contento? ¿Perfectamente contento todo el tiempo?

-Sí; puede decirse que sí.

-¿Cómo sabe que no se engaña?

-Porque no tengo un yo al cual engañar.

-¿Se considera exitoso?

-Sí, creo que sí lo soy: sé exactamente lo que quiero hacer y lo hago en todo momento. Pero si te refieres al dinero, pues nunca me ha importado gran cosa porque es una maldición tener más de lo que se necesita.
“Pero  de hecho, los principios que rigen el trabajo espiritual pueden emplearse para obtener lo que se desee en la vida: dinero, poder, fama, cualquier clase de éxito o de placer. No importa hacia donde se enfoque, el mecanismo siempre funciona. Pero tarde o temprano la vida –o la muerte- te va a colocar cara a cara con lo único que de veras tiene valor. Los primeros treinta años de mi vida lo busqué y los últimos veinticinco los he pasado buscando a quienes también lo buscan. No porque los quiera cambiar, sino porque creo que podría darles pistas, decirles que “¡Oye, te estás dando de topes con una pared que no se va a mover! O bien, “Estás desperdiciando tu vida por andar de viaje en los placeres o en el ego.”

-¿Y qué pasa con el amor? –preguntó alguien.

-¿Qué pasa con él? –respondió Rose.

-¡El amor entre dos personas no tiene nada de mezquino!

-Podemos pensar que alguien nos ama,-dijo Rose-, pero si vivimos lo suficiente veremos que sólo aman lo que les damos. Todo el mundo quiere creer desesperadamente en el amor porque nos sentimos muy solos.

Como nadie dijo nada, Rose continuó.

“Este uso excesivo de la palabra “amor” es una maldición: viví veinte años con mi esposa y ni una sola vez le dije que la amaba, porque eso es una mentira para mí. Todos tienen una definición diferente del amor y todas ellas están equivocadas. El amor no se trasmite con palabras; si respetas a tu mujer, lo demuestras. Le das la vida a esa mujer, a esos hijos. Eso es todo.

-Y la gente lo va a comprender, ¿verdad? –dijo alguien.

-No importa si lo comprenden o no. Lo que sí importa es que uno lo sepa en su fuero interno y que ella también lo sepa en el suyo. Pero eso de andar pregonando cuánto se ama a la gente… -Meneó la cabeza- … no significa nada.

-¿Y qué hay con el amor de una madre por sus hijos?

-La generosidad del amor maternal es hermosa –dijo Rose serenamente-. Existe una conexión umbilical invisible entre madre e hijo que perdura toda la vida y, tal vez, más allá. Pero también es verdad que parir a un hijo es semejante a matar a alguien, porque en los dos casos no se comprende lo que se hace.

Mientras Rose hablaba, en el salón reinaba un silencio estupefacto.

“Lo peor de todo esto acerca de nuestras obsesiones con el amor y la felicidad es que nos impiden asumir una perspectiva honesta ante la vida. Si la tuviéramos, comprenderíamos que nuestra vida es tan sólo un instante de conciencia entre dos momentos olvidados por completo. Todos los días vivimos al borde del precipicio y el siguiente paso podría ocasionar que se apagaran las luces. Por eso, la única respuesta es hacer el viaje. Y mientras no se haga, uno no ha demostrado nada.

-¿El viaje? -preguntó alguien.

- Cruzar y regresar: morir estando vivo.

-¿Habla del satori?

- No; me refiero a una condición del Absoluto, a la experiencia final. A la Iluminación.

Abundaban las expresiones perplejas.

-Varios de los libros más populares de Zen hablan de alcanzar el satori, lo que no pasa de ser una experiencia de intensidad placentera, del tipo de “Wow!!” –prosiguió Rose-. Un cuate nos dice ”Fui a un ashram y me quedé tantos o cuantos años o meses y un día ¡le di! “¡Viva! ¡Ya lo tengo!” Así que me fui a ver al maestro y nos fuimos caminado, riéndonos porque ambos lo teníamos. –Rose frunció el ceño-. Así no es la Iluminación; es tan drástica que si este hombre la hubiese alcanzado, se lo habrían llevado en camilla. Uno no muere y dice riéndose “¡Wow! La muerte es más terminante que esto.

Hubo otro largo silencio hasta que alguien formuló la pregunta que flotaba en el ambiente.

-Y usted, ¿ya hizo el viaje?

-Sí, ya lo hice. Pero lo que sé no les va a servir a ustedes. La mayoría de la gente no descubre la verdad porque quieren recibirla tangiblemente y de manera exclusiva. De preferencia que alguien más se las dé, para no tener que esforzarse –Rose rió entre dientes-. Pero es imposible que con el pensamiento relativo se comprenda lo que otra persona descubrió mediante una franca experiencia  de la mente.  Ninguna palabra sirve (ni las mías.) Si se quiere saber, hay que ir. Y para ir, se debe atravesar por la muerte.

Los asistentes guardaban un silencio incómodo mientras Rose veía a cada uno de ellos.

-No soy un orador, sino un descubridor. Los descubridores relatan lo que encontraron, sin tomar en cuenta en qué formar se pueda alterar la tranquilidad mental de los oyentes.

Como si temiera la respuesta, con voz entrecortada, una chica,  que llevaba una colorida banda para el pelo, preguntó:

-¿Qué encontró?

-¡Todo! Y la Nada.

-Es decir, se volvió uno con…

-¡No, no! Me volví Uno, porque no nada con lo cual volverse uno.

Miró los confusos rostros.

-Ni piensen que van a comprender esto lógicamente, porque no se puede. Me refiero a un estado que trasciende las palabras. Incluso, trasciende hasta la muerte.

Rose se detuvo un momento. Parecía considerar si debía continuar.

-Todo este planeta es una ficción, -dijo-. Como una película que puede ser muy taquillera, pero no por eso es real. Nuestras cabezas están programadas para recibir nuestras obsesiones y nuestras pasiones, algunas de las cuales duran décadas. Pero tenemos que en cierto momento, una de ellas revienta y volvemos la cabeza, preguntándonos “¿Qué fue eso? ¿Una burbuja?” Pero volvemos a girar la cabeza y encontramos otra cosa que nos obsesiona. Hay vidas completas que transcurren de esta manera, yendo de una obsesión a la siguiente. A fin de cuentas, si se tiene suerte y una de esas obsesiones no nos mata, uno se da cuenta que, en el mejor de los casos, la vida es un sueño. Y en el peor, una pesadilla.

La voz de un muchacho, sentado al frente, se dejó oír

-Pero si ya escapó de la pesadilla, ¿por qué querría quedarse a habitar en nuestros sueños?

- Bueno, yo todavía existo en la pesadilla.-dijo Rose-. Como todo el mundo en la Tierra. La diferencia es que cuando ustedes mueran se van a ir a otra pesadilla. En ese momento se van a enfrentar a la tremenda agonía que es darse cuenta que no son libres. Mi tarea es encontrar cinco personas y despertarlas, con la esperanza de que, a su vez, ellas encuentren otras cinco y así por el estilo. De este modo se va a beneficiar la Humanidad.

Durante un buen rato reinó el silencio. En medio de las contradictorias emociones que me embargaban aquella noche, extraña y rápidamente cruzó el pensamiento de que yo quería ser uno de aquellos cinco. El deseo me tomó por sorpresa, y tras unos segundos, desapareció. Pero aquellos momentos rebosaban de una intensidad que me era desconocida. Desde entonces, creo  que los pensamientos y los deseos son capaces de guiar los acontecimientos, hasta de originarlos. Probablemente dramatizo con exceso, pero he llegado a pensar que de ese fugaz deseo de saber qué era estar Despierto,  surgió el accidentado derrotero de mi asociación con Richard Rose, la que me llevó a vivir bajo su techo en eterno enfrentamiento; a practicar la Jurisprudencia en un pueblito perdido en los bosques de Virginia Occidental; a andar armado porque los Hare Krishna locales habían hecho un contrato para asesinarnos a Rose y a mí.

Y también a todo lo demás.

After The Absolute

BUY THE BOOK!

AFTER THE ABSOLUTE

FORWARD

EXCERPT: CHAPTER 1

EXCERPT: CHAPTER ONE SPANISH TRANSLATION (UNO)

clear

After the Absolute

Web Design by "Elytra Design" 2008